viernes, 29 de agosto de 2008

Espinosa, ahora director.



En su ópera prima, el guionista catalán Albert Espinosa, apuesta por el humor blanco y los buenos sentimientos para encarar un tema tan sumamente delicado como el de la discapacidad. Espinosa, pese a sus innegables buenas intenciones (no olvidemos que él mismo padece una disminución a causa un cáncer sufrido en la infancia), resbala en su intención de aunar reflexión y comedia. En su faceta reflexiva, el filme resulta demasiado pueril y poco esclarecedor como para dejarnos huella; por su parte, en su vertiente cómica, y salvo algún destello, No me pidas que te bese…reitera en demasía el chiste grueso y, para qué negarlo, de escasa gracia (la palabra "paja" es sin duda la que aparece con más frecuencia y fruición a lo largo de la película). Si a esto le sumamos una buena dosis de sensiblería demasiado forzada y un protagonista con síndrome de Peter Pan que resulta desesperante por su falta de resolución, llegaremos a la conclusión de que sólo la inédita faceta de Espinosa como actor (secundario) sorprende positivamente dentro de un producto fallido. Un producto que bien podría haber emulado una pizca a películas como Las llaves de casa, ¿A quien ama Gilbert Grape? o Bailo por dentro para exponer algo verdaderamente interesante sobre la discapacidad y todo aquello que la envuelve.

jueves, 1 de mayo de 2008



El surcoreano Kim Ki-Duk, genial autor de varios filmes de un inusitado e hipnótico lirismo, volvió a obsequiarnos a principios del 2006 con una nueva película tan cargada de crueldad como de belleza poética. Con El arco, Ki-Duk regresa a territorios, contextuales y temáticos, ya transitados antes por él. Al igual que su filmografía anterior, El arco es una pieza plagada de imágenes sugestivas y poderosas, y marcada por la parquedad verbal y los silencios; como en Primavera, verano… y La isla, el nuevo film de Kim Ki-Duk se desarrolla en un espacio único, flotante, y rodeado de agua, en este caso un barco pesquero. El único problema reside en el hecho de que El arco, una desgarradora historia de amor entre un viejo pescador y una bella adolescente, reitera estas formas minimalistas, depauperándolas, sin aportar mejora alguna ni añadir elementos nuevos, haciendo de ella un compendio autoimitativo de aquellas películas de Ki-Duk que tanto nos fascinaron.

sábado, 8 de marzo de 2008

Algunos días en Septiembre. Poco antes del 11S.


Tragedia de espionaje. Triller intimista. Intriga de vocación autoral… Definir con exactitud la ópera prima de Santiago Amigorena, guionista argentino afincado en Francia desde hace ya algunos años (y de quien se comenta está viviendo una relación afectiva con la Binoche), puede ser una tarea harto compleja y de resultado incierto y/o poco convincente.
Primero, porque, por mucho que el director haya mentado a James Bond y El tercer hombre como referentes ineludibles, como aventura de espías a la película le faltan la acción y la tensión narrativa propias de dicho género. Segundo, porque, como obra de tesis y trabajo de autor, Algunos días en Septiembre es una película de postulados demasiado inconcretos como para ganarse ese calificativo.
Que algo más allá de la mera intriga se nos quiere explicar parece estar claro, y su propuesta estética está deliberadamente encaminada a ello: los constantes fondos desenfocados y sin profundidad de campo hacen referencia a la miopía y falta de perspectiva de los personajes ante los dramáticos acontecimientos que se avecinan, los atentados del 11 de Septiembre de 2001. Más allá de eso, todo resulta demasiado latente y pretencioso como para despertarnos verdadero interés o admiración. Una lástima, si tenemos en cuenta que recientemente Spike Lee, en Plan oculto, sí que consiguió aunar entretenimiento y reflexión política sin que ninguna de estas dos facetas se resintiera.
Para el recuerdo su deslumbrante reparto, en especial el actor John Turturro, en la piel de un personaje similar a los que pueblan las películas de los Coen: un implacable sicario en permanente contacto telefónico con su psicoanalista.

viernes, 8 de febrero de 2008

VAMPIROS EN ALASKA.


Ni sus inmejorables credenciales (producción de Sam Raimi y segundo film del director de Hard Candy), ni su notable factura técnica (ambientación gélida muy conseguida, buenos efectos sonoros y digitales, importante labor de maquillaje), ni tan siquiera la estimable ejecución de David Slade, que combina de manera interesante la explicitud más gore con el fuera de campo, salvan a 30 días de oscuridad de la decepción. Un poco preciso guión acaba imponiéndose a todos los atractivos antes señalados. Y es que los 30 días de asedio a que son sometidos los escasos supervivientes de Barrow (Alaska) por parte de un grupo de salvajes vampiros, no están bien puntuados ni definidos en ningún momento de la película: las elipsis no saben ponderar adecuadamente el transcurso del tiempo, la mella que el paso de los días debiera imponer en los acorralados no queda convenientemente reflejada (ni psicológica, ni físicamente) y, por último, la incapacidad de los vampiros (que, no lo olvidemos, huelen la sangre a kilómetros de distancia) para encontrar a su víctimas resulta, cuando menos, extraña, por no decir inverosímil. Seguramente, si los chupasangres hubieran sido algo más avispados y el periodo en que sucede el relato reducido a un par o 3 días, éste hubiera resultado muchísimo más efectivo y creíble, aunque estas decisiones posiblemente hubiera supuesto también una licencia demasiado inadmisible para los fans de la fuente original, un cómic homónimo obra de Steve Niles y Ben Templesmith.

sábado, 2 de febrero de 2008

13 Tzameti. Sólo puede quedar uno



Sébastien es un joven huraño que lleva, junto a su familia, una vida gris y llena de penurias económicas. Mientras trabaja reparando el techo de una casa, su propietario, poco después de haber recibido una extraña convocatoria que supuestamente le hará ganar mucho dinero, muere de una sobredosis de morfina. Sébastien recupera el sobre convocante y decide presentarse a la cita en lugar del difunto. Las instrucciones que contienen la misiva le llevarán a un apartado y destartalado caserón donde se celebra una gran timba de ruleta rusa con decenas de apostantes. El superviviente de tan macabra partida conseguirá una cuantiosa suma. De los trece participantes (tzameti significa trece en lengua georgiana), Sébastien es el decimotercero. Sólo podrá quedar uno.
Película-debut del director de origen georgiano Géla Babluani, 13 Tzameti fue toda una sensación en la pasada edición del Festival de Sitges, pues, aunque no se trata de una película de corte fantástico ni por asomo –en lo genérico nos hallamos ante un thriller minimalista algo pasado de rosca, y en lo estético ante una propuesta en B/N de realismo lúgubre-, la seca e incontenida violencia que transmiten algunas de sus imágenes hicieron, sin llegar a los niveles del gore, las delicias de los amantes de la explicitud y exceso de hemoglobina. Aunque no sólo por eso destaca 13 Tzameti, pues la dureza y el frenético desespero que el relato de tan macabro juego transmite no se quedan en el simple tiro a bocajarro. Como en El Cazador de Michael Cimino, cada ronda es disputada al límite de la locura por un número menguante de participantes, perdedores natos que, pese a temer a la muerte, poco tienen por lo que luchar en vida. Mediante una hábil y equilibrada dirección, tan expresiva como seca, tan sórdida y austera como sosegada, esta desesperación cala también en los huesos del espectador desde el primer fotograma, produciendo la inquietante y permanente sensación de que la tragedia se cierne de manera inexorable sobre su protagonista, interpretado por el hermano del director.
La cosa parece bastante unánime: Premiada en el Festival de Venecia con el galardón a la mejor dirección novel, y en Sundance con el gran premio del jurado, 13 Tzameti transmite ahogo a todo aquel que la ve. Hollywood, en otro ejercicio de captación derivado de su atrofia imaginativa, se ha hecho eco de tan grata revelación y ya prepara un remake. Esperemos que la presencia en el proyecto del mismo Géla Babluani como director garantice la pervivencia de las virtudes de la versión original.

martes, 29 de enero de 2008

Secretos y mentiras. Mike Leigh y su cine.


Merecidamente reconocida en el 96 con la Palma de oro y con 4 nominaciones a los Oscar, Secretos y mentiras es hasta la fecha la obra cumbre de Mike Leigh. Leigh es un cineasta comprometido, un referente ineludible del llamado cine social inglés, un realizador tendente a retratar las visicitudes de las familias proletarias británicas, hallándose a medio camino entre Ken Loach y Stephen Frears, eludiendo la militancia proselitista del primero y la comicidad optimista del segundo. La película, de una emotividad desgarradora, plantea un argumento bastante simple que sirve de excusa para exponer las complejas frustraciones personales de cada unos de los personajes, conduciéndolos con habilidad hacia un desenlace liberador, en el que serán inevitables tanto las confesiones (de esos secretos y esas mentiras a las que el título se refiere) como los llantos.

The jacket, cuyo título hace referencia a la camisa de fuerza con la que se inmoviliza al protagonista, es una interesante cinta de intriga psicológica producida por Steven Soderbergh. Muy influida por películas como La Jetée, 12 monos, Memento o La escalera de Jacob, el segundo largometraje de John Maybury ahonda en la manida pero inagotable fantasía de los viajes (en este caso mentales) a través del tiempo. En la atmósfera claustrofóbica, desasosegante y casi surrealista de un sanatorio mental, las paradojas temporales y los bucles narrativos en la cuarta dimensión harán acto de presencia para apuntalar un relato complejo pero imaginativo, inquietante y bien construido. Lástima que un final algo ñoño, propio de un cuento de hadas y nada acorde al tono general del filme, acabe convirtiendo la intriga antes descrita en un extraño canto a la vida, al amor y a las segundas oportunidades.